6 feb 2026

¿Godos liberales y liberales azules? El caso paradójico del Centro Democrático y su renacer repentino en Girardota


Redacción Chimenea

El antecedente: una distinción borrosa

Fue el coronel Aureliano Buendía quien sostuvo que la única diferencia entre liberales y conservadores consistía en que los primeros iban a misa de cinco y los segundos a misa de ocho. En Girardota, parece que esa diferencia ni siquiera existe.

En este municipio, los partidos Liberal y Conservador han sido históricamente las fuerzas con mayor predominio local, una afirmación válida incluso cuando su connotación excede los marcos legales formales. Se trata de una hegemonía interpretada bajo los esquemas mentales de dirigentes que, aunque buscan avales bajo fachadas partidistas diversas, operan con lógicas tradicionales. El resultado es una inversión curiosa: aquí, los conservadores suelen ser los políticos más “liberales” en la práctica, y los liberales los más “conservadores” en esencia.

Esta ambigüedad se expresa en lo cotidiano: mientras sellan acuerdos burocráticos alrededor del poder, deambulan los domingos entre misas, en una moral que disfraza de tradición religiosa lo que en realidad es instrumentalización de la fe. Es el espacio donde los pecados, más que perdonados, parecen consagrados. La religión funciona como coartada simbólica de un sistema político que se legitima en el rito mientras negocia en la sombra.

 

El suceso: el reacomodo tras el fenómeno Petro

La llegada de Gustavo Petro a la presidencia agitó las aguas locales. Su figura permitió que la política nacional irrumpiera en las agendas municipales y forzó un reacomodo ideológico que, en algunos casos, rozó el desvarío.

Este nuevo escenario agudizó contradicciones y dejó al descubierto la inexistencia real de un centro político. En una misma agrupación —como la coalición Ahora Colombia— conviven posturas fundamentalistas con visiones secularizadas sin que medie coherencia programática alguna.

Dentro de los partidos de vocación gobiernista, las tensiones se hicieron evidentes. Congresistas que aliaron con Petro se convirtieron en barones electorales locales, colocando a muchos actores regionales en una disyuntiva incómoda: adaptarse o desaparecer. En Girardota, algunos lograron navegar este reacomodo sin desestabilizarse, como el grupo del senador Carlos Andrés Trujillo, hoy dividido en dos corrientes pero aún orbitando alrededor del poder burocrático.

Otros, que antes despotricaban contra Petro, hoy ostentan cargos en su gobierno. Incluso el concejal Roberth Marulanda, avalado por el ADA, asumió la incongruente posición de respaldar a María Eugenia Lopera al Senado. Y están quienes decidieron abrazar abiertamente el uribismo, como Martín Bustamante que lleva los candidatos a su colegio, Tomás Madrid y Rey Sánchez.

El giro más llamativo provino del Partido Liberal. Figuras como Sebastián Madrigal y Daniel Orozco, junto a Sebastián Zapata –expupilo del senador John Jairo Roldán–, migraron al ahora desacreditado Centro Democrático. Este movimiento no es aislado. Conviene recordar que Primero Girardota, la plataforma desde la cual emergieron tanto Zapata como su colega en el concejo Marysol Henao, tuvo como referente principal al movimiento político que impulsó las dos campañas presidenciales de Álvaro Uribe. La trayectoria de Daniel Orozco ejemplifica además una versatilidad camaleónica: tras su origen liberal, no ha dudado en sostener cercanías con el conservador Germán Blanco, el uribista Juan Espinal o representantes de Cambio Radical como Mauricio Parodi. Finalmente, está el caso de Sebastián Madrigal, a quien algunos atribuyen una cierta aura eclesiástica. Sin embargo, la comparación con lo sagrado es engañosa: su semejanza con Jesús reside únicamente en lo fantasmagórico del barro —en ser, como las figuras religiosas moldeadas en ese material, una ilusión cuidadosamente elaborada, pero sin sustancia ni permanencia real.

 

El Centro Democrático: estrategia de realineamiento frente a un ciclo político adverso

Hoy, el Centro Democrático con los medios de comunicación tradicionales se presenta como la principal fuerza opositora al gobierno de Petro. Sin embargo, su retórica —centrada en distorsionar tanto la imagen personal del presidente como su labor pública— choca con un dato incómodo: Petro mantiene niveles de favorabilidad cercanos al 50% ad portas de terminar su mandato, los más altos al final del mandato que cualquiera de los expresidentes anteriores.

Volcarse hacia la orilla más recalcitrante de la derecha parece, entonces, un movimiento estratégico de realineamiento electoral. En Antioquia, donde el partido aún controla el poder departamental, esta apuesta podría rendir frutos, aunque el llamado “fenómeno Uribe” ya no es lo que fue: su credibilidad se deteriora bajo el peso de modelos políticos anacrónicos y una creciente percepción de parasitismo institucional.

En Girardota, el Centro Democrático nunca tuvo poder real. Su papel fue contingente: funcionó como trampolín para otros partidos —especialmente La U— y como refugio para corrientes asociadas al exalcalde Fernando Ortiz, hoy alfil del cuestionado conservador Juan Diego Gómez, como Olga Mazo.

 

La paradoja moral: corrupción, silencio y memoria selectiva

Llama profundamente la atención que estos dirigentes se adhieran a uno de los partidos más cuestionados de la historia reciente de Colombia, encabezado por un líder en franca decadencia política y rodeado de escándalos judiciales: ejecuciones extrajudiciales (falsos positivos), interceptaciones ilegales del DAS, soborno de testigos, fraude procesal y la llamada “Yidispolítica” para asegurar la reelección presidencial.

Funcionarios del gobierno de Álvaro Uribe Vélez han sido condenados por narcotráfico y paramilitarismo. Incluso su cuñada, su primo y su hermano han sido sentenciados por delitos de enorme gravedad. Estas verdades históricas no suscitan pronunciamiento alguno por parte de los “líderes” políticos locales, cuyo interés principal no es la coherencia ética sino la captura de votos de incautos útiles para colgar publicidad electoral.

Esta adhesión tampoco implica un compromiso con la clase trabajadora. Fue el mismo Uribe quien eliminó el pago del recargo dominical al 100%, recortó derechos laborales de aprendices y modificó el recargo nocturno para iniciarlo a partir de las nueve de la noche, decisiones que afectaron directamente a los sectores populares.

Otro caso emblemático fue Agro Ingreso Seguro, programa diseñado para campesinos que terminó beneficiando a narcotraficantes y familias adineradas del Magdalena y Valle del Cauca. Una vez más, quienes padecieron las consecuencias fueron los pequeños agricultores y los sectores rurales. En la actualidad, incluso, la Fiscalía puede llamar a Álvaro Uribe a indagatoria por tres crímenes de lesa humanidad: la masacre del Aro, la Granja y el asesinato de Jesús María Valle.

 

¿A qué obedece realmente este reacomodo?

Este fenómeno puede explicarse por varias causas estructurales. En primer lugar, una crisis de liderazgo en los partidos tradicionales y una fractura entre los cacicazgos regionales, como se evidencia en la disputa Trujillo vs. los sectores de Envigado. En segundo lugar, una profunda falta de ideas y de memoria histórica, que conduce a elegir un partido que ya no convoca ni siquiera en Antioquia y que internamente se encuentra fragmentado, en una suerte de autodestrucción política.

El reacomodamiento es válido en democracia —como repiten los burócratas, “la política es dinámica”—, pero no necesariamente coherente. O sí lo es, si se entiende que estos concejales han optado por representar no al pueblo sino a los mega-ricos. Se trata de un realineamiento de élites con las que se identifican sin ser parte de ellas, y no de un proyecto ciudadano genuino.

 

La profecía: del oportunismo local al ridículo nacional

En ese orden de ideas, muy probablemente las huestes políticas locales terminarán enfilándose detrás del más impresentable de los candidatos: el otrora ateo, el que confesó que por diversión le ponía voladores con pólvora a los gatos, el que defendió a Alex Saab, testaferro de Maduro; el que ha defendido narcotraficantes y paramilitares que incluso han afirmado que los robó y engañó; Abelardo de la Espriella; el que afirmó que destriparía al que pensara diferente; el empresario con saldos en rojo.

Se repetirá, a juzgar por las encuestas, el mismo escenario de las elecciones pasadas: apoyaron a Fico y a Rodolfo Hernández, ganaron en lo local, pero perdieron en lo nacional, y lentamente también en lo regional.

 

Una derecha que se reencaucha: el caso de Creemos

Creemos es una expresión regionalizada de la política antioqueña, pensada como una plataforma autónoma que se debe al personalismo de Federico Gutiérrez, pupilo otrora del uribismo. Desde el punto de vista nacional es un proyecto fracasado, que no fue capaz, siquiera, de catapultar la figura de Federico Gutiérrez a la Presidencia de la República en primera vuelta en 2022 aun con todo el respaldo del establecimiento y de los grandes caciques electorales. En el departamento de Antioquia, su existencia se ha visto con grandes atributos, generando la victoria electoral de esta fuerza en la Alcaldía de Medellín, más que como un hecho sólido en el tiempo, como resultado circunstancial del descontento en contra del gobierno distrital que lo precedió.

Esta naturaleza instrumental, que a nivel departamental se disfraza de victoria política, se expone con crudeza al observar su ejercicio en Girardota. Allí, Creemos opera menos como un partido con arraigo programático y más como una plataforma de oportunidad para figuras cuyas trayectorias encapsulan múltiples contradicciones. Esta fuerza, huérfana en lo ideológico y corroída en lo orgánico, funciona como una maquinaria de adaptación que recicla carreras políticas preexistentes bajo una fachada de renovación superficial. Ejemplos como los de Alejandro Posada, Robinson Hernández y Santiago Orozco en Girardota demuestran cómo el partido sirve simultáneamente como vehículo para el reciclaje burocrático, refugio transaccional para nómadas operadores y plataforma de legitimación para un gerentismo frío y apolítico, respectivamente. En conjunto, estas prácticas revelan una organización que prioriza la utilidad táctica sobre la coherencia programática, perpetuando viejas lógicas de poder mediante nuevos rostros y posiciones oportunistas.

 

La paradoja final: escenarios nacionales que unen lo localmente disperso

Aquí yace la verdadera paradoja: los actores que en el plano local se presentan como adversarios irreconciliables, en el escenario nacional convergen bajo una misma apuesta. Esto interpela directamente sobre la autenticidad de las supuestas diferencias ideológicas que dicen separarlos.

En Girardota, el renacer del Centro Democrático no es un resurgimiento doctrinario sino un reposicionamiento táctico. Una jugada de actores que confirman la vieja intuición de Aureliano Buendía: aquí las diferencias entre orillas políticas son de horario, no de convicción.

La instrumentalización de siglas, avales y discursos religiosos o ideológicos termina siendo, ante todo, la consagración de un mismo sistema de poder que se disfraza con el ropaje que mejor convenga. Los “godos liberales” y los nuevos liberales azules de Girardota son la manifestación local de una política nacional donde las etiquetas importan menos que las posiciones alrededor del poder, donde la política se vacía de contenido ciudadano para reafirmarse como administración de privilegios.

En Girardota no se disputa, entonces, un proyecto de sociedad, sino el horario de la misa política. Los mismos que ayer se llamaban liberales hoy se persignan como godos, y los que ayer denunciaban al poder hoy se sientan a su mesa. El Centro Democrático no renace: se recicla y es utilizado como reducto de supervivencia. Y en ese reciclaje se revela una verdad incómoda: aquí la ideología es vestuario, la memoria es estorbo y la ambición de poder es el único sacramento que se celebra sin confesión previa.