11 mar 2026

De la democracia con arroz con pollo o cuando la maquinaria falla

@imprentarepublicana
Por Baltasar Votoseco

Sin sede, sin tarjetas de pastel con el logo y número del candidato, sin microperforados pegados en cada carro o bus que pasara por el pueblo. Sin afiches en tiendas, ni pendones en balcones, ni vallas dominando las entradas u otros paisajes visibles del municipio para mostrar quién tiene más plata para meter en propaganda. Sin pasacalles cruzando las calles como recordatorio permanente de quién manda en la política local. Sin nada de ese folclor electoral que suele confundirse con campaña, el Pacto Histórico terminó convertido en la segunda fuerza más votada en un municipio históricamente conservador como Girardota. Y, para mayor incomodidad del establecimiento político regional, el fenómeno se repitió en varios municipios de Antioquia.

El resultado resulta especialmente irritante porque carece del elemento que tradicionalmente legitima cualquier victoria en la política regional: un cacique que se la adjudique. No hubo padrinos políticos reclamando la hazaña, ni jefes de maquinaria repartiendo méritos. Lo que sí hubo fueron personas conscientes que, sin dinero, sin contratos y sin la tibieza de los otrora “líderes alternativos” lograron algo casi herético en la política local: sacar más votos que las maquinarias políticas tradicionales funcionando a todo vapor.

Y cuando se habla de maquinaria, no se trata de una metáfora elegante. Liberales, Conservadores y Creemos desplegaron todo el repertorio del manual electoral criollo. Creemos, por ejemplo, pagó testigos electorales y repartió almuerzos, porque al parecer la democracia local sigue considerando que el sufragio entra mejor después del arroz con pollo. El Centro Democrático tampoco se quedó corto: testigos pagos, concejales y exalcaldes movilizados, funcionarios diligentemente alineados y el municipio prácticamente tapizado de publicidad.

Todo ese despliegue, toda esa ingeniería electoral… para terminar apenas unos 1.200 votos por encima.

En cuanto a Creemos, su desempeño fue tan brillante que terminó siendo letal: la derrota a nivel nacional le costó la personería jurídica. En términos prácticos, significa que el partido ya no podrá repartir avales para futuras elecciones, lo cual resuelve de manera bastante eficiente la disputa interna por el aval a la alcaldía entre Robinson Hernández y Alejandro Posada. Ahora ambos tendrán que acudir a otra colectividad a solicitar el préstamo de logo. 

Lo que este episodio deja en evidencia es algo que la política tradicional preferiría no discutir: la vieja forma de hacer política empieza a agrietarse. Las maquinarias siguen funcionando, sí. Siguen repartiendo almuerzos, pegando afiches y financiando ejércitos de testigos electorales. Pero el resultado ya no es tan automático como antes.

Tal vez los partidos tradicionales tengan que enfrentarse a una idea que durante años consideraron innecesaria: convencer a la gente. Porque parece que las viejas tácticas —la calumnia, la difamación, inundar de publicidad y la compra de lealtades de corto plazo— empiezan a perder eficacia. Y lo más preocupante para ellos es que la gente no sólo parece haber dejado de creerles, sino que, peor aún, ya no está vendiendo el voto tan fácilmente.

Un problema serio para quienes siempre pensaron que la política funcionaba como una simple ecuación: más maquinaria, más votos. Ahora descubren que, incluso con almuerzo incluido, la fórmula empieza a fallar.